Solidaridad tras la chaqueta

 A veces una buena historia es el camino para 

descubrir la riqueza de nuestro interior.

solidaridad

El peregrino llegó a la aldea cuando el día ya tocaba a su fin. Su silueta gruesa y desaliñada se iba adentrando en las estrechas callejuelas huyendo de la oscuridad que anunciaba un nuevo anochecer. Junto a él y acompañándolo en su tan largo camino, una bestia cargada hasta más no poder; aunque se notaba que el animal ya tenía unos cuantos años, se podia apreciar el esmero con el que su dueño le había tratado, pues su apariencia era muy buena.

  Juntos, habían recorrido mucho pero tal parecía que por fin habían llegado a un buen lugar para quitarse las botas y poder descansar y llenar las tripas cuyos rugidos ya no podían acallarse.

  En aquella aldea, apenas se podían divisar unas callejuelas que se cruzaban entre sí donde probablemente se encontraran las casas de muchas familias, que casi seguro a esas horas de la noche, ya estarían refugiados en su hogar disfrutando del fulgor de una buena lumbre alimentada de leña recien cortada.

  Aquí fuera,  el frio se muestra imperante y actúa sin piedad metiéndose en los huesos de todo aquel que no tenga donde quedarse. La crudeza de este temporal de enero se hace notar en las tierras de los campesinos, teñidas estas por una ligera capa blanca que anuncia una buena helada.

  El peregrino poco a poco avanza entre las calles estrechas de la aldea deslizando sus pies casi adormecidos por el frío que traspasa sus viejas botas, al igual que el resto de su cuerpo que ya está empezando a entumecerse como consecuencia de la maldita intemperie. El hombre vaga por las callejuelas pero es en vano, pues tal parece que las calles están vacías porque durante el tiempo que lleva caminando  por allí, no ha visto ni un alma, ni siquiera un animal refugiado en algún agujero. Avanza un poco más y se adentra en una especie de callejón algo más ancho que el resto, y es ahí donde se toma un momento para respirar ese delicado y sabroso aroma a guiso recién preparado que escapa por una chimenea que visualiza dos cuadras más adelante.

  No obstante, el hombre siente un poco de vergüenza  de tocar la puerta a estas horas de la noche, pues considera que no es tiempo de visitas. Pero por otro lado, no aguanta ni un momento más, se siente desfallecer; el hambre pesa y el frío es tal que parece que le deja paralizado.  Es por eso,  que se toma un momento para recordar los tiempos de antaño donde las puertas de todos los vecinos de los pueblos se podían dejar abiertas sin temor a que ningún ladrón robara el pan que con tanto esmero se había conseguido, sin tan solo pedir permiso. Sin embargo,  ahora tanto los  tiempos como las gentes han cambiado y en las personas impera el sentimiento de la desconfianza o al menos, eso quiere pensar él.

  Cada vez más cansado y abatido, sigue recorriendo la aldea y un poco más adelante ve que de una casa entra y sale gente, es entonces cuando siente una enorme alegría acompañada de una gran nostalgía y da gracias al cielo de que todavía haya personas que conserven su esencia, su generosidad y que no duden en brindar apoyo a quién lo necesite.

  El peregrino se acerca a la puerta y con sus viejas y arañadas gafas se toma un breve laxo de tiempo para leer el cartel que preside la puerta, en este pone: ” Bienvenido a La Morada”.

  Un insignificante y diminuto farolillo alumbra la fachada de la casa avisando a todos los viajantes,peregrinos y demás personas que necesiten cobijo, que han llegado al lugar indicado.  Tan solo es necesario acercarse un poco más para cerciorarse de que se trata de un sitio donde reina elaltruismo y la generosidad para con las personas.

  El bullicio de la planta de abajo hasta bien entrada la madrugada contrasta notablemente con la planta superior, lugar de sosiego donde reposan los sueños.

  Justamente al lado del edificio principal, una cuadra sirve de morada también para los animales que han acompañado a sus dueños durante su largo caminar. Estos son atendidos y cuidados por un joven que sin dudarlo sale al encuentro del nuevo huésped, y mientras que este se dirige a la posada, todas sus pertenencias quedan perfectamente guardadas en una de las habitaciones del fondo de la casa.

  La suave atmósfera que se puede respirar al atravesar el umbral del portón, poco a poco va despertando los sentidos que habían permanecido aletargados a causa de la intemperie.

  Una vez dentro, se puede ver la gran olla que alberga lo que probablemente será la cena de todos aquellos que como el peregrino lleven días sin llevarse algo caliente a la boca. En el resto de la estancia, se pueden encontrar varias mesas y sillas  distribuidas de forma dispersa, al tiempo que son ocupadas por personas que beben  de grandes jarras de vino, mientras conversan muy alegremente. Y al fondo, unas escaleras largas y pesadas que conducen arriba.

  Esta pensión sería igual o parecida a cualquier otra, de no ser porque, en la esquina más cercana a la puerta de entrada, lugar que precede a  toda estancia tan visitada, un armario con un montón de chaquetas colocadas de más a menos viejas, capta la atención de todos los recién llegados.

  Alguién , según parece un vecino de la aldea, le explica a un viajero el porque de aquella peculiar y desgastada colección.

  – Un hombre ya hace muchos pero que muchos años, dejó su chaqueta en ese armario, tal vez se le olvidó, o quizás ya no le servía porque estaba desgastada y no abrigaba como antes, y ahí quedó, guardada, por si algún día regresaba a recuperarla.

  Durante algún tiempo, lógicamente, nadie se atrevió a cogerla pues a ninguna persona le resulta agradable coger una chaqueta vieja, agujereada y desgastada. Pero un buen día, un mendigo con sus ropas aún más sucias y rotas, antes de marcharse preguntó si podía cambiar su chaleco por aquella vieja chaqueta, y tras recibir el consentimiento de todas las personas que allí se encontraban presentes, se fue muy contento consciente de que por muy vieja que estuviera  le protegería algo más del frio que su viejo chaleco; su cuerpo estaría más caliente y por lo tanto sus fuerzas serían más para seguir por su tortuoso camino. 

  Pasaron algunos meses y el mendigo regresó, pero ya no era un simple vagabundo sin rumbo;había encontrado fortuna, y como muestra de su gratitud, cuando se fue dejó en aquel armario una chaqueta nueva de piel para que quien la necesitase, pudiera cogerla o cambiarla y darla buen uso. Desde ese momento, son muchas las personas que dejan o cambian su chaqueta aquí,bien como prueba de su paso por el lugar, por mera superstición o símbolo de buena suerte, o simplemente porque alguna de las que ahí encuentra es mejor que la que lleva puesta.

  – ¿ Y alguien cogió aquella chaqueta nueva ,no? – pregunto el hombre.

   -Efectivamente. No obstante, a cambio, dejo dos chaquetas que resultaron de mucha utilidad para otras personas . Y así poco a poco entre idas y venidas, gente que llega y gente que se va,el intercambio que comenzó hace años no ha cesado hasta hoy.  Si bien es cierto, que formaban una curiosa colección. Algunas con los botones descosidos,otras tantas con grandes agujeros formados por el uso y agrandados por el paso de los años,todas tenían una cosa en común: el tejido estaba desgastado y con los hilos fuera.

  Pero todo paso sigue a uno y precede a otro, siempre y cuando no sea el último ni el primero.

Una vez que habían terminado de cenar, y a falta de quehaceres, que mejor que gozar de buenas historias y cuentos contados junto a ese ambiente cálido, la barriga llena y aquel embriagador aroma a vino. Poco a poco las historias se van mezclando con la imaginación y las vivencias de cada quien al tiempo que se escuchan, se sienten, se viven… Después se van escuchando cada vez menos, lejanas… Hasta que el sueño vence en la lucha eterna y perpetua que mantiene con la vigilia, y ésta termina yaciendo rendida, abatida, hasta un nuevo amanecer.

Al día siguiente y antes de que despunte el alba, ya se puede oír el canto de los gallos en los corrales. ¡Malditos animalejos! – piensa más de uno.

Hora de retornar al camino, piensan todos… Excepto los que ya lo han hecho.

En el armario faltan algunas chaquetas, que sin duda nadie echará de menos, mientras otras tantas viejas y agujereadas, ocupan su mismo lugar.

Unas marchan. Otras tantas llegarán.

Es mucho mejor así.

Muchos son los que desean morir con la chaqueta puesta, otros tantos prefieren hacerlo sin nada más que lo que traían al venir al mundo, tan solo guardando en lo más profundo de su ser todas las experiencias y vivencias que les han hecho llegar a ser buenas personas, en otras palabras, desnudando el cuerpo para cubrir el alma. Pues si algo nos queda claro, en el camino de la vida es que cuando los pasos dejen de darse y el camino de andarse de poco nos sirve una chaqueta agujereada y gastada. Siempre será mejor guardarla en el armario de los recuerdos, rozando la balda del olvido donde yacerá junto aquellos con quienes compartió experiencias.

Y es que, al igual que nadie nace sabiendo andar o sonreír y nadie ha vivido sin tropezar en el egoísmo alguna vez, todo el mundo puede aprender a desabrochar su chaqueta.

Y tú … ¿ Te animas a desabrocharte la chaqueta?.

(PD. Este articulo forma parte del concurso de post solidarios de los III Premios al Voluntariado Universitario)

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